martes, 4 de octubre de 2016

Día 2820. Tú, tú, tú, tú... comunicando

Hace unas semanas, mientras paseaba a Pumba, me crucé con Ignacio.
Así lo llamo porque no sé su nombre, pero me parece un poco Ignacio, no me preguntes la razón.
Se paró delante mío, agitó la mano abierta y se la pasó por la frente.
- "Sí que hace calor, sí". Le dije.
- "Se está mejor en la piscina" añadí mientras yo movía los brazos haciendo como que nadaba.
Ignacio, con sonrisa pícara, me negó lentamente con el dedo y, abriendo la mano sobre su cabeza me insinuó que prefería la ducha.
- "Fresquita, sí señor, tú sí que sabes", respondí.
Y seguimos nuestro camino de direcciones opuestas.
Ignacio, como habrás deducido, es sordomudo. Un sordomudo conocido por todo el barrio porque es un sordomudo simpático. A pesar de su discapacidad, se para con todo el mundo a "hablar". A su manera. Y la gente se esfuerza por hacerse entender, aunque le bastan pocos gestos para entablar "conversación".

Maria vino de China con su familia y compró uno de los muchos bares regentados por chinos del barrio. Naturalmente no se llama María pero se hace llamar así para no complicarnos la vida con su impronunciable nombre chino.
María siempre tiene el bar lleno. Tiene un carácter dulce que te hace sentir en familia gracias a su trato amable. Y eso a pesar de las grandes diferencias de los idiomas. Porque todos intentamos buscar una forma de que nos entienda. Y ella, a pesar de la dificultad, siempre trata de darte conversación con una sonrisa.

Ignacio y María no tienen ningún problema de integración. La razón es que tanto ellos como sus interlocutores usan una poderosa herramienta que facilita la comunicación o la dificulta con su carencia y está por encima de los lenguajes.

Una herramienta universal al alcance de todos pero, lamentablemente, de escaso uso.

Esa herramienta se llama "actitud".


martes, 26 de julio de 2016

Día 2750. Paquito el chocolatero.

Imagina que vives en una gran casa de una tranquila zona residencial, con su jardín, su piscina, su garaje, sus grandes fiestas de cumpleaños y sus 5 perros corriendo alegres por el césped. Y de repente, las cosas van mal y te tienes que mudar a un piso viejo de 25 metros cuadrados en un barrio marginal.
Y ahora lo contrario: vives en el barrio marginal, te toca la lotería y te compras la casa de la piscina. Y sus perros correspondientes.
En el segundo caso te acostumbras al cambio en lo que dura el viaje de la mudanza. En el primero lo más fácil es que no lo superes nunca.
En el mundo de la sordera hay dos grandes grupos. Los que nacieron sordos o hipoacúsicos (o quedaron de pequeños) y los que  hemos perdido la audición de mayores.
A los primeros, el implante coclear les cambia la vida. Han pasado del pequeño piso a la gran casa (bueno, exagero un poco, que tengo sangre andaluza). Descubren miles de sonidos nuevos, se manejan mejor en las conversaciones y empiezan a entender más notas en la música.
En el segundo caso pierden todo lo bueno que tenían. Y por mucho que se esfuerce el implante coclear (que lo hace), nada se podrá comparar al mundo sonoro que conocían.
Y ahí estamos, luchando en el segundo grupo.
Sin duda los del segundo grupo lo que peor llevamos es lo de la música.
Recuerdo cuando en la radio del coche se desintonizaba la emisora y la quitabas para no ponerte nervioso. Hoy me conformaría con esa audición.
El entorno se empeña en recordarnos un mundo basado en canciones que ya no tendremos. Solo nos queda esa memoria musical llena de las más absurdas de las melodías, incluida Paquito el chocolatero.
Cuando salgo a hacer running (a correr, vaya), me ponía música, aunque sería más correcto decir que me ponía ruido.
Si le sumas el ruido del viento en el micrófono del implante suena a algo parecido a grabar un video con el móvil en una playa de Tarifa en un día de esos que gustan a los surferos. Luego lo ves en casa y la música alegre del chiringuito se convierte en el ruido de una batidora.
Pues eso, que en la mayor parte del trayecto runnero ni sé qué canción está sonando.
Hace poco decidí no llevar iPod al correr. Y ponerme las canciones en el cerebro. Una detrás de otra. Una playlist neuronal. Y funciona. Porque en mi cabeza sí que suenan esos instrumentos que pierde el implante.
Es un ejercicio curioso, y que necesita de cierta práctica para que no se cuele el chocolatero en medio del Bohemian Rhapsody.
Por ejemplo, cuando me queda casi un kilómetro, y para hacerlo más llevadero, me "pongo" aquel Disco Samba de Two Man Sound, que enlazaba una samba tras otra (los popurrís son más fáciles de  playear mentalmente) que sé que dura aproximadamente 7 minutos y medio. Si no aparece Paquito, claro.
Y además tiene otra ventaja: que no tienes que cargar con mil cables mientras corres.
Sé que a algunos implantados les puede parecer exagerado, que ellos oyen "bien" la música a pesar de ser del segundo grupo. Y que algunos del primero me dirán que su caso tampoco es de casa con piscina.
Pero este es mi caso y así tengo que contarlo, y si te parece un relato triste y quejumbroso es que me he explicado mal.
Y si me conoces un poco sabrás que siempre me acuerdo de los que están aún peor, y que es mejor vivir en un piso viejo de 25 metros cuadrados en un barrio marginal que en un cajero automático.
Y, créeme, me siento afortunado.

lunes, 9 de mayo de 2016

Día 2672 . Anuncios (también) para sordos

Soy de los tiempos de las dos escrituras a elegir, Bic naranja o Bic cristal. Del negrito que cultivando cantaba la canción del Colacao. De las ganas de comer que daba la quina San Clemente. Del Pepe! La Alfa! De aquellos largos anuncios en blanco y negro en los que no existía el zapping porque no habían más cadenas donde elegir.
Quizá por eso me sigan gustando los anuncios y siga sin tocar el mando a distancia en las largas pausas publicitarias.
Hace unos años dejé de entenderlos. Y no porque la publicidad haya cambiado, que también, sino por haber pasado a formar parte del colectivo de discapacitados auditivos.
Si eres de audición normal puedes hacer la sencilla prueba de quitar el sonido en una pausa de anuncios. En algunos interpretarás mal las imágenes. En otros perderás el ambiente que recrea el fondo musical. Y pocos, poquísimos, menos de un 1% los entenderás gracias a los subtítulos incrustados, por ejemplo porque el diálogo es en inglés.
Se pueden contar con los dedos de una mano los anunciantes que se acuerdan de subtitular, ni siquiera en modo teletexto (solo visible si tienes activados los subtítulos).
Por esta razón te pido una firma, para ayudarnos a entender mejor el mensaje de la publicidad.
Porque los sordos, como Teruel, también existimos.
Enlace a petición Change.org

sábado, 19 de marzo de 2016

Día 2621. El candidato

Ha sido el periodo más largo sin escribir en este blog, 136 días.
Varios han sido los motivos de tal ausencia. Problemas familiares mezclados con un futuro laboral muy incierto hacían que las musas y las ganas de escribir estuvieran lejos de mi alcance.
Como ya conté, han sido unos meses de progresivo cierre de la agencia donde trabajaba. Eso se traduce en desidia por el trabajo, y aumento de las ganas de no hacer nada. O lo que sería más correcto, "hacer nada".
Además, la situación concursal (concurso de acreedores) complicaba la búsqueda de empleo. Primero porque en las entrevistas no era capaz de decir la disponibilidad para empezar (y era una de las preguntas fijas). Segundo porque las entidades de ayuda a los discapacitados, como la fundación Once, no permitían gente en activo. Y yo lo estaba, a pesar de lo inactivo de mi día a día.
En enero llegó el cierre definitivo y el paro, así que tocaba ponerse las pilas. A la primera entrevista acudí sin haber avisado de mi discapacidad. En el primer "qué" lo tuve que explicar ante la disimulada sorpresa de mi entrevistadora. Aunque fue bastante cercana a lo normal, no tuve más noticias de esa empresa de recursos humanos.
Decidí entonces no ocultarlo. Casualidad o no, en Infojobs me hice con una decena de descartados. De quince candidaturas, cero entrevistas.
Me inscribí en varios portales más cercanos a la discapacidad y acudí tanto a la agencia municipal como a la de Barcelona. No tuve más noticias.
Entretanto iba contando mis frustraciones en facebook, donde al menos recibía apoyo moral y alguna sugerencia para continuar la búsqueda.
Realmente no era para tanto, pues llevaba apenas un mes en paro, aunque varios meses en la deprimente situación de la empresa y siendo sincero unos cuantos años de no sentirme valorado, lo que me había creado mucha inseguridad y falta de autoestima.
Uno de mis excompañeros de hace 10 años me comentó de la vacante en su agencia de una plaza de programador. Me recomendó e hice una entrevista en la que hubo muy buenas vibraciones y el típico "te llamaremos" (que en mi caso es "te avisaremos", claro).
Pasaron dos semanas sin aviso y cuando mis ilusiones empezaban a desvanecerse (porque el sitio es sencillamente acojonante) me volvieron a llamar y hubo un rápido "sí, quiero" y un "empiezas el lunes".
Fue un fin de semana de gusanazos en el estómago, de "¿qué me voy a encontrar?", de "¿estaré al nivel?" y de "¿encajaré?".
Me encontré con la sorpresa de ver alguna cara conocida, y con unos compañeros geniales que desde el primer momento me han tratado como uno más, así que la adaptación ha sido rápida y gratificante.
He vuelto a recuperar valores que llevaban años en mis adentros escondiéndose de mis "afueras" y me he sentido útil a pesar de los ajetreados días típicos previos a unas vacaciones. Necesitaba justo volver a ese punto de estrés y adrenalina para notar que sigo vivo, y que puedo sumar más que estorbar.
Tengo que dar las gracias a todas las personas que han confiado en mí, y a las que me han ayudado o que, al menos, lo han intentado. Y también a las que no lo han hecho porque, por esa razón, he seguido la búsqueda.
Y para terminar, una curiosidad: si ves este blog desde un ordenador (no móvil) verás la imagen de dos edificios típicos de Barcelona que puse ahí hará unos 4 años. Pues bien, aunque por aquel entonces mi actual empresa no estaba aún en esa ubicación, en esa foto no solo se ve la ventana junto a la que trabajo, sino que, si no cuento mal, tiene la luz encendida.
Llámalo "causalidad".

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Día 2485. Feliz 2016

Este año tengo ganas de que llegue la navidad. Y no es que me guste, por sobradas razones no me gusta nada. Pero tengo ganas de que llegue... y que pase.
Tengo ganas de desempaquetar el nuevo año, y curiosidad por ver lo que hay dentro.
No soy capaz de recordar si he vivido un año peor que este. Han sido unos meses marcados por la pérdida de un familiar querido. Demasiado querido. Una lucha por intentar superarlo. Y eso muchos sabréis que no es nada fácil.
He escrito poco en este blog, mi cabeza ha sido incapaz de juntar cuatro frases sin que se me note la tristeza. Llevo diez en este post, y ya ves.
Voy soltando sonrisas por el facebook, pero las redes sociales son tan efímeras como mi alegría.
Y para finalizar este 2015 nada mejor que ir al paro, por primera vez en más 30 años de vida laboral.
Escribo este post en la agencia de publicidad en la que llevo 14 años. Quizá sea la soledad y el silencio que hay ahora mismo la que me empuja a grabarlo en el legado que es este blog.
La mesa donde hemos llegado a comer hasta 10 personas, está vacía. Muchos compañeros ya se han buscado alternativas, y quedamos muy pocos, esperando que llegue el final, el cierre definitivo.
En mi búsqueda de trabajo es la primera vez que lo hago sordo. Y es diferente, sí, más difícil.
Miro las sillas vacías y me vienen a la cabeza estos 14 últimos años de mi vida, con más de una centena de compañeros que han ido pasando, con momentos buenos y momentos malos, con éxitos y fiascos, con amigos y menos amigos, con esas cenas de navidad que te unen, con las despedidas por vacaciones y las vueltas. Todo irrepetible, todo ya formando parte de un pasado nostálgico.
Espero el año nuevo con curiosidad y miedos inevitables, resonando en mi cabeza el "que será de mi vida" del tocayo Feliciano.
Pero aunque este reloj se pare, hay que poner pilas al nuevo.
Dicen que después de la tormenta siempre viene la calma, y que al cielo gris le sigue el azul.
Así que encontraré, como otras veces he hecho, la forma de barrer estas putas nubes.

lunes, 27 de julio de 2015

Día 2385. El tesoro de Antonia

- ¿Me voy a morir?

Preguntaba Antonia a su hija, que le respondía, escrito en su pizarra, que sí, que algún día, como todos, pero que aún no.

Antonia no oye, apenas ve, tiene que andar muy despacio y ayudada de una tacataca. Come todo muy triturado porque no le pasa por su atrofiada garganta, se le seca el único ojo con el que ve solo a escasos centímetros porque no se le cierra. Tampoco la boca que tiene que secarse continuamente porque se le cae la baba, ya que, además, tiene media cara descolgada.

Y con todo ese currículum de cabronadas del destino, Antonia no para de gastar bromas con sus dos hijos y los familiares que van a verla. Porque aquellas viejas  amigas dejaron de visitarla hace años. ¿Para qué si ni nos conoce ni nos oye? Argumentan.

Esta semana se ha unido a su extensa carrera de obstáculos un virus que la ha dejado sin fuerzas para moverse. Pero eso no ha conseguido que perdiera el humor  (ni el genio),  con el excelente equipo médico y de enfermería del pequeño hospital que esperemos abandone esta semana.

Y es que Antonia, mi madre, cuida desde hace muchos años de un tesoro que el resto malgastamos con vicios, excesos, momentos de malos rollos y quejas injustificadas.

Ese tesoro se llama "ganas de vivir".

lunes, 22 de junio de 2015

Día 2350. Todo tiene un límite

Cuando me decidí a crear este tu blog, la intención no era otra que dejar constancia escrita de mi experiencia en ese nuevo mundo de los que oyen poco, que rebauticé como "Pocooyos". Alentado por los comentarios animosos descubrí esa faceta de redactor que estaba escondida en mi baúl de las virtudes.
He usado la palabra "redactor" porque lo que he hecho han sido redacciones, lo que hoy se conoce como "posts", o pequeños escritos. Al igual que como me pasaba en el cole, parece que no se me dan mal, modestia aparte. Pero de ahí a hacer algo más complejo como escribir un libro, hay un abismo. Y no es derrotismo, solo que conozco mis limites. Y mi capacidad en este caso da para lo que da.

Hubo un tiempo en que esa ansiedad por juntar letras me llevó a escribir aquí a diario. Más de seis años después, y con el legado que representa lo ya escrito, busco otras metas.

Hace un año me dio por correr. Y con la progresión del cronómetro me vine arriba como los del Aquarius y así lo fui anotando en www.fb.com/thewalkingpep.

Y hace tan solo unos meses repetí el proceso con mis inicios en la cocina.

En los tres casos dejo constancia escrita o gráfica de lo que hago, prometo que sin interés de presumir de nada, pues por su mediocridad no hay motivo alguno para ello.

Eso sí, me siento orgulloso por haber conseguido dar ese empujoncito a los que han querido imitar mis pasos (muy probablemente mejor que yo), o se han sentido ayudados o motivados.

Porque aunque me ilusione en esos principios y lo cuente como si pareciera otra cosa, tengo unos topes.

El tope de la escritura está en mi memoria, en la décima página que escribiera tendría que volver a repasar la primera. Y en la planificación, donde soy un auténtico desastre.

El tope de mi aventura runner está en mis articulaciones, que no están acostumbradas al esfuerzo después de 50 años sin dar golpe.

El tope de mis pinitos culinarios está en mi atrofiado paladar (gracias a la neurofibromatosis). Me cuesta incluso saber qué está dulce y qué salado, por ejemplo. La ventaja es que un plato puede salirme malo pero parecerme bueno. Y además a Pumba siempre le gustarán.

A pesar de esas barreras insuperables, no pienso dejar ninguna de esas aficiones (y alguna que seguro que vendrá) porque hay algo en lo que sí que no tengo límite:

En ilusión

lunes, 27 de abril de 2015

Día 2294. El regalo

Mientras paseaba a su perro, como cada mañana, Pepe se quedó inmóvil. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al oír aquel jilguero. Y es que Pepe era sordo. Casi sordo.
Se había quedado sin nervios auditivos a los 44 años a raíz de una rara enfermedad. La única solución que encontraron fue colocarle un implante coclear que interpretaba las señales de un micrófono exterior y las transformaba en impulsos hacia su oído interno.
Pero aquellos impulsos, que para quien fuera sordo desde su infancia eran sin duda una bendición, para alguien que había podido oír durante tantos años, eran insuficientes. Era como escuchar pixelado, a muy baja resolución. Oír pero no entender. En el caso de las conversaciones era en muchas situaciones como escuchar un idioma extranjero. En el caso de la música era una confusión de notas que le impedía disfrutar de las nuevas canciones, aunque en el caso de las que pudo disfrutar de normoyente su memoria auditiva podía arreglar el desastre de afinación.
Cada vez que pasaba por aquella calle, donde los jilgueros despertaban con su melodía, él solo oía urracas, perdiendo los matices de los agudos gorjeos.
Pero esa mañana había notado que cantaban diferente. Y había una razón que se remontaba a justo un año atrás, coincidiendo de nuevo con su cumpleaños.
Aquel 27 de abril de 2015 Pepe recibió un email de su equipo médico. Le invitaban a participar de una nueva terapia génica que consistía en aplicarle un medicamento, en fase experimental avanzada, directamente en la cóclea. Pepe aceptó, siempre y cuando fuera en el oído izquierdo, para no arriesgar la audición artificial que ahora tenía en el derecho: era mejor el implante que el silencio.
Le dijeron que la regeneración, de funcionar, sería lenta, de meses o quizá años, que fuera paciente.
Y ahora, justo cuando se cumplía un año de aquel esperanzador correo electrónico, pudo percibir ligeramente que estaba funcionando.
Era el mejor regalo que podían hacerle aquel día: esperanza.
Notó entonces una presión en los riñones.
Era su mujer, que le indicaba que el despertador estaba sonando y además podía leer en sus labios un "felicidades".
Abrió los ojos para ver cómo aquella alarma parpadeaba sin para él hacer ruido, como cada mañana desde hacía más de seis años. Había sido un sueño. Nada había cambiado, no hubo terapia, no hubo jilgueros, no hubo esperanza.
Se duchó y acercó su desayuno frente al ordenador para ponerse al día.

Fue entonces cuando derramó el café sobre el teclado al leer aquel email de su equipo médico

jueves, 19 de marzo de 2015

Día 2255. Akuna-matata (una historia de amor)

Al abrir la puerta de aquel 19 de marzo de hace 4 años, envuelto en una toalla, escuchaste por primera vez mi voz diciéndote, recuerdo perfectamente, "Anda, qué chiquitajo!" 
Jugamos un rato, y conectamos como si nos conociéramos de siempre, quien sabe si de vidas pasadas. Fueron unos minutos, y volviste a tu casa, con tu amo, mi hijo.
Te entregaron enfermito, con un moquillo que hacía presagiar lo peor. El veterinario,  como último recurso a la desesperada, te puso una inyección. Y decidiste vivir en esta familia.
Meses después volviste a esta que sería tu casa hasta la fecha, la de los padres de tu amo.
Lucía no quería perro, no le gustaban. Pero en pocos días la enamoraste. Tienes ese carácter dócil, bondadoso,  mimoso y dependiente que tienen los carlinos. Tus expresiones arrugadas nos arrancan sonrisas a menudo, como el dibujo animado de la película de donde viene tu nombre: Pumba.
Somos tus yayos. Recordamos a menudo lo que nos  reíamos  hace años de los que trataban a los perros como niños y mira por dónde. Hay que tener perro para entenderlo.
Para entender que desees llegar a casa y que te reciba a lametones. Para entender que le hables y creas que te contesta con sus ronroneos. Para entender que cambies tus planes si él no puede ir también. Para entender que se suba a tu cama y dejes que se acurruque contigo. Para entender que no puedes dejar de mirarlo mientras duerme, como si fuera un bebé.       
Estos últimos meses, tristes para la familia, has estado pendiente de nosotros, en especial de tu yaya, a quien adoras, porque sabes que necesita sonreír y que solo tú puedes conseguirlo. Y lo consigues. A pesar del trabajo que le das llenándole la casa de pelos, babas y juguetes, lo consigues.
Tienes esa energía especial que hace que la gente sonría a tu paso al verte esa carilla graciosa, siempre con la lengua fuera, como si, al igual que el Pumba de la película, repartieras akuna-matatas, repartieras felicidad.
Escribo estas lineas desde el sofá,  contigo a mi lado. Como cada noche, porque no dejas de ser un animal de costumbres, nos hemos comido la pera de postre, que nos repartimos,  hemos jugado a lanzarte el juguete, porque me lo exiges poniendomelo sobre la pierna y ahora no dejas de mirarme con esos ojitos negros de chantaje emocional, estás cansado y quieres irte a dormir.
Y acurrucarte al calor de tus yayos. Y ellos mirarte, felices de que estés ahí.

Nunca pensé que algo tan pequeño pudiera ser tan grande.
Te queremos,  chiquitajo.

jueves, 26 de febrero de 2015

Día 2234. La sonrisa del pelo cano (autodefinido)

Hay días en que la tristeza intenta apoderarse de mí. Se lo pongo difícil, pero es profundamente cabezona. Sabe que en mi filosofía de vida tiene poco que hacer. Por eso me apodan Sonrisas, Pepe Sonrisas. O mejor Pepe Sordisas.
Inicié mi blog con la idea de darle la vuelta a la tortilla, de hacer de una situación dramática, como lo es perder la audición, un refugio desenfadado donde reunir a los que están como yo. Y de regalarles la mejor de mis sonrisas. O al menos despertarles esos sentimientos dormidos.
Mis adentros luchan por mostrarme alegre, aunque mis afueras no lo representen. Como el humorista Eugenio demostró, no es necesario sonreír por fuera para conseguir sonrisas.
Este está siendo un invierno muy duro para los míos. Y soy consciente de la misión de intentar animarles. Cada uno debe reconocer su rol en la vida y sé que ese me ha tocado.
Sé, con modestia, que tengo un público en facebook que lee mis chorradas, aunque no den a 'me gusta'. Así lo han hecho casi un millón de lectores en estos 6 años de blog, en el que apenas comentan un par de decenas. Y eso me demuestra que voy por buen camino, aunque sea un camino de piedras que se empeñan (las muy putas) en hacerme tropezar.
En el día del implante coclear (ayer) me dio por razonar que nunca más oiré como lo he hecho 44 años. Que lo de las células madre queda más lejos que la inauguración de la Sagrada Familia, más allá de mi jubilación, cuando seguramente no será aconsejable hacer ya nada. Aún así no puedo enfadarme con este cacharro que llevo en la oreja, todo lo contrario, agradecerle que aún me saque de apuro en tantas ocasiones.
Le decía el otro día a alguien muy querido (demasiado), que no pasa por un buen momento, que yo nunca en estos 6 años he maldecido haberme quedado sordo, ni vivir con estos pitidos constantes de volverse loco en ambos oídos. Al contrario, hago chistes a menudo con un "que no estoy sordo" lejos de las lamentaciones.
Me dijo que "suerte tenía de ser así". 
Le respondí que esto no se llama suerte.
Se llama actitud.
Port Olímpic, Barcelona
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